Sigo sorprendiéndome con las posibilidades de la inteligencia artificial generativa.
En una clase con estudiantes de secundaria estábamos abordando la creación de videojuegos, sus mecánicas y la “inspiración”: cómo tomar una idea conocida para crear algo propio.
Para mostrar una posibilidad, le pedí a ChatGPT un juego sencillo, basado en la mecánica de Super Mario Bros. La protagonista debía ser una maestra, los libros servirían para sumar puntos y los pupitres serían obstáculos. Quería algo simple, pero visualmente atractivo.
La respuesta fue un videojuego en HTML, CSS y JavaScript: “Profe Saltarina”.
Después se me ocurrió preguntar: ¿Podés hacerlo en Scratch, del MIT?
Quería ver hasta dónde llegaba
ChatGPT me ofreció dos caminos: explicarme paso a paso cómo construirlo o preparar un proyecto descargable.
Elegí que lo preparara. Quería probar qué podía generar y qué encontraría al abrirlo.
Me entregó un archivo .sb3 que pude cargar en Scratch. Allí estaban el escenario, la maestra, los libros, los pupitres y los movimientos básicos.
Era un prototipo. Al probarlo, comprobé que todavía faltaban colisiones, puntaje y otras mecánicas para que funcionara como el juego que había imaginado.
Hasta hace poco esto era imposible. La IAG podía programar en lenguajes tradicionales, pero no en bloques y dejar el proyecto listo para usar.
Lo que me dieron ganas de probar
Mientras lo exploraba, empecé a imaginar propuestas para continuar con los estudiantes:
¿Cómo está programado el movimiento de la maestra?
¿Qué tendríamos que agregar para que tocar un libro sume puntos?
¿Cómo podemos convertir los pupitres en obstáculos?
¿Qué otras reglas podríamos inventar para darle una identidad propia al juego?
¿La lógica es correcta?
¿Es la única forma de resolverlo?
Son posibilidades que quiero seguir explorando. Me interesa averiguar qué sucede cuando llevamos al aula un proyecto inicial generado con IA y proponemos comprenderlo, ponerlo a prueba y transformarlo.
El juego se abre, la maestra se mueve y puede saltar. Pero ¿hace todo lo que pedimos?
Ahí encuentro una oportunidad para desarrollar el pensamiento crítico: comparar lo que pedimos, lo que la herramienta dice haber hecho y lo que efectivamente ocurre al probarlo. Reconocer qué está resuelto, qué falta y cómo podríamos mejorarlo.
Ese “funciona, pero…” puede ser el comienzo de una investigación con los estudiantes.
Comparto Profe Saltarina en Scratch. Se puede probar, mirar por dentro y usar como punto de partida para hacer una versión propia.
¿Qué desafío les propondrían a sus estudiantes a partir de este prototipo?


