No es nostalgia. Es infraestructura.
Esos discos guardan parte de un proyecto en el que trabajé a fines de los ’90 / comienzos de los 2000: el Registro Único de Bienes Culturales (RUBC) de la Ciudad de Buenos Aires.
| Discos Zip y lector Iomega utilizados en proyectos tecnológicos a fines de los años 90 |
En ese momento, buscar información no era algo obvio. Google todavía no formaba parte de la vida cotidiana y la web, tal como hoy la conocemos, estaba lejos de ser un espacio estable, rápido y permanente. El patrimonio cultural -obras, objetos, documentos, cuadros- vivía disperso en museos, archivos y bibliotecas, mayormente en soportes analógicos.
La idea del RUBC era ambiciosa: construir una gran base de datos digital del patrimonio cultural de la ciudad, integrando información que hasta entonces estaba fragmentada y, muchas veces, inaccesible.
Trabajo distribuido, cuando internet casi no existía
Formé parte del equipo técnico del proyecto, como especialista y programadora en Lotus Notes, trabajando con su lenguaje, LotusScript. En la última etapa, también coordiné a otros programadores.
| Lotus Notes |
El equipo no era solo técnico.
Para mí, además, era profundamente personal.
Mi padre formaba parte del equipo de coordinación del proyecto. Fue una figura clave en ese entramado entre cultura, gestión y tecnología, y también —mucho más allá de este trabajo— el pilar que me llevó a elegir y sostener esta profesión. Hoy ya no está, pero su huella atraviesa todo lo que hago.
Yo trabajaba codo a codo con mi mejor amiga, Karina Valdetari, que hoy es la madrina de mi hija. Con ella hicimos este y muchísimos otros proyectos a lo largo de los años. En ese momento yo era programadora, ella la analista; hoy seguimos compartiendo camino profesional, ambas vinculadas a Ceibal y Chicos.net, trabajando en educación y en el cruce con la informática y las ciencias de la computación.
Mirado en perspectiva, el RUBC no fue solo un proyecto tecnológico: fue también un espacio de vínculos, aprendizajes compartidos y una manera de entender la tecnología como herramienta cultural y educativa.
Cargar, replicar, buscar
Uno de los mayores desafíos era la conectividad. Internet estaba en pañales: módems lentos, conexiones inestables, tiempos de espera que hoy serían impensables.
Ahí es donde Lotus Notes fue clave. Cada museo podía cargar contenido de manera local, desconectado de la red: fichas, descripciones, datos curatoriales. Luego, cuando había conexión, se hacía una replicación con el servidor central.
Lo interesante es que no se replicaba todo: el sistema enviaba solo las altas y actualizaciones, lo que reducía enormemente los tiempos de transferencia. Las imágenes, mucho más pesadas, se cargaban en el servidor central una vez que el contenido textual ya había sido curado y replicado. Primero la información, después lo visual.
En el servidor central, los datos se consolidaban, se exportaban en XML y se levantaban en una base PostgreSQL. Todo ese recorrido hoy parece normal; en ese momento era bastante experimental.
El momento “esto es increíble”
El resultado era poderoso.
Poder entrar a una página desde cualquier parte del mundo, escribir “sable corvo de San Martín” y que el sistema devolviera imágenes, descripciones y referencias a museos donde encontrar información relacionada era, literalmente, increíble.
No porque el sable no existiera, sino porque la idea misma de buscar patrimonio cultural de esa manera no existía todavía.
Impacto real
El sistema se usó. Y mucho.
Llamaban desde otros países para pedir información o materiales. Recuerdo especialmente pedidos de Japón de partituras de Gardel, entre otros. El patrimonio empezaba a circular de otra manera: menos encerrado, más accesible, más vivo.
Hubo también un acto institucional de presentación en el Teatro San Martín, encabezado por Aníbal Ibarra, que en ese momento era jefe de Gobierno de la Ciudad. Era una señal clara de que no se trataba de un experimento aislado, sino de una política cultural con visión de futuro.
Menos de 30 años después
Hoy, acomodando cosas, aparecen estos ZIP como una cápsula del tiempo.
No guardan solo datos ni código: guardan personas.
Guardan a mi padre, que fue quien me enseñó que la tecnología tenía sentido si estaba al servicio de algo más grande.
Guardan una amistad que atravesó proyectos, años y etapas de la vida, y que todavía hoy sigue ligada a la educación.
El RUBC sigue existiendo.
Yo sigo trabajando en educación y tecnología.
Muchas de las personas de entonces seguimos creando, enseñando y construyendo, hoy con otras herramientas, pero con la misma convicción.
Hoy buscamos sin pensar.
En ese momento, buscar era una apuesta.
Y estos discos, lejos de ser recuerdos, son una prueba silenciosa de que el presente digital se construye con capas de historia, de código y, sobre todo, de personas.