jueves, 1 de enero de 2026

Antes de Google: tecnología, vínculos y memoria cuando nada era instantáneo

 

Zip Iomega

Ordenando cosas viejas aparecieron unos ZIP y un lector Iomega.

No es nostalgia. Es infraestructura.

Esos discos guardan parte de un proyecto en el que trabajé a fines de los ’90 / comienzos de los 2000: el Registro Único de Bienes Culturales (RUBC) de la Ciudad de Buenos Aires.

Iomega
Discos Zip y lector Iomega utilizados en proyectos tecnológicos a fines de los años 90

En ese momento, buscar información no era algo obvio. Google todavía no formaba parte de la vida cotidiana y la web, tal como hoy la conocemos, estaba lejos de ser un espacio estable, rápido y permanente. El patrimonio cultural -obras, objetos, documentos, cuadros- vivía disperso en museos, archivos y bibliotecas, mayormente en soportes analógicos.

La idea del RUBC era ambiciosa: construir una gran base de datos digital del patrimonio cultural de la ciudad, integrando información que hasta entonces estaba fragmentada y, muchas veces, inaccesible.

Trabajo distribuido, cuando internet casi no existía

Formé parte del equipo técnico del proyecto, como especialista y programadora en Lotus Notes, trabajando con su lenguaje, LotusScript. En la última etapa, también coordiné a otros programadores.

Lotus Notes


El equipo no era solo técnico.
Para mí, además, era profundamente personal.

Mi padre formaba parte del equipo de coordinación del proyecto. Fue una figura clave en ese entramado entre cultura, gestión y tecnología, y también —mucho más allá de este trabajo— el pilar que me llevó a elegir y sostener esta profesión. Hoy ya no está, pero su huella atraviesa todo lo que hago.

Yo trabajaba codo a codo con mi mejor amiga, Karina Valdetari, que hoy es la madrina de mi hija. Con ella hicimos este y muchísimos otros proyectos a lo largo de los años. En ese momento yo era programadora, ella la analista; hoy seguimos compartiendo camino profesional, ambas vinculadas a Ceibal y Chicos.net, trabajando en educación y en el cruce con la informática y las ciencias de la computación.

Mirado en perspectiva, el RUBC no fue solo un proyecto tecnológico: fue también un espacio de vínculos, aprendizajes compartidos y una manera de entender la tecnología como herramienta cultural y educativa.

Cargar, replicar, buscar

Uno de los mayores desafíos era la conectividad. Internet estaba en pañales: módems lentos, conexiones inestables, tiempos de espera que hoy serían impensables.

Ahí es donde Lotus Notes fue clave. Cada museo podía cargar contenido de manera local, desconectado de la red: fichas, descripciones, datos curatoriales. Luego, cuando había conexión, se hacía una replicación con el servidor central.

Lo interesante es que no se replicaba todo: el sistema enviaba solo las altas y actualizaciones, lo que reducía enormemente los tiempos de transferencia. Las imágenes, mucho más pesadas, se cargaban en el servidor central una vez que el contenido textual ya había sido curado y replicado. Primero la información, después lo visual.

En el servidor central, los datos se consolidaban, se exportaban en XML y se levantaban en una base PostgreSQL. Todo ese recorrido hoy parece normal; en ese momento era bastante experimental.

El momento “esto es increíble”

El resultado era poderoso.

Poder entrar a una página desde cualquier parte del mundo, escribir “sable corvo de San Martín” y que el sistema devolviera imágenes, descripciones y referencias a museos donde encontrar información relacionada era, literalmente, increíble.

No porque el sable no existiera, sino porque la idea misma de buscar patrimonio cultural de esa manera no existía todavía.

Impacto real

El sistema se usó. Y mucho.

Llamaban desde otros países para pedir información o materiales. Recuerdo especialmente pedidos de Japón de partituras de Gardel, entre otros. El patrimonio empezaba a circular de otra manera: menos encerrado, más accesible, más vivo.

Hubo también un acto institucional de presentación en el Teatro San Martín, encabezado por Aníbal Ibarra, que en ese momento era jefe de Gobierno de la Ciudad. Era una señal clara de que no se trataba de un experimento aislado, sino de una política cultural con visión de futuro.

Menos de 30 años después

Hoy, acomodando cosas, aparecen estos ZIP como una cápsula del tiempo.
No guardan solo datos ni código: guardan personas.

Guardan a mi padre, que fue quien me enseñó que la tecnología tenía sentido si estaba al servicio de algo más grande.
Guardan una amistad que atravesó proyectos, años y etapas de la vida, y que todavía hoy sigue ligada a la educación.

El RUBC sigue existiendo.
Yo sigo trabajando en educación y tecnología.
Muchas de las personas de entonces seguimos creando, enseñando y construyendo, hoy con otras herramientas, pero con la misma convicción.

Hoy buscamos sin pensar.
En ese momento, buscar era una apuesta.

Y estos discos, lejos de ser recuerdos, son una prueba silenciosa de que el presente digital se construye con capas de historia, de código y, sobre todo, de personas.

Andrea - enero de 2026

lunes, 29 de diciembre de 2025

Una verdad incómoda: el Vibe coding, la IA como copiloto, sirven

Vite


Programo desde hace muchos años. Pasé por Pascal, Visual Basic, la programación orientada a objetos con Java, la llegada de Python y todo lo que vino después. Durante décadas, crear un producto “bien hecho” parecía estar reservado a quienes dominaban lenguajes, frameworks, librerías, configuraciones y un vocabulario técnico cada vez más extenso.

Si no te actualizabas permanentemente, la puerta parecía cerrada.

Lo que sucedió ayer terminó de confirmar algo que vengo intuyendo desde hace tiempo: ese paradigma está cambiando.
No porque el conocimiento técnico haya dejado de importar, sino porque ya no es el único camino.

Tenía que entregar un prototipo de un formulario. Funcionaba, era correcto, pero era frío. Minimalista, sin alma. La experiencia de usuario no invitaba, no acompañaba, no decía “acá hay alguien del otro lado”.

Necesitaba cambiarlo. Y rápido.

Y ahí recurrí a ChatGPT. 

No voy a decir que fue “sin código”. Hubo código.
Pero no fue coding en el sentido tradicional de sentarse a escribir línea por línea sabiendo exactamente qué hace cada cosa.

Fue otra cosa.

Fue vibe coding.

¿Qué quiero decir con vibe coding?

  • saber qué quiero lograr

  • tener claro para quién

  • reconocer cuándo algo “no funciona” aunque compile

  • y, sobre todo, hacer las preguntas correctas

La diferencia no estuvo en dominar React, Tailwind, Vite o Vercel (no los domino en profundidad), sino en el criterio: pedagógico, comunicacional y de experiencia de usuario.

En este proceso, la inteligencia artificial no fue “la que hizo todo”.
Fue coach, par de programación, espejo y traductor.



No escribí:

“Haceme un formulario”.

Escribí cosas como:

  • "¿Cómo modifico el código para poder embeberlo en Google Sites?"

  • “¿Me explicás cómo creo el proyecto Vite?”

La IA no reemplazó mis decisiones.
Me ayudó a iterar más rápido, a probar caminos, a salir de atolladeros técnicos y, sobre todo, a no abandonar cuando lo técnico se volvía ruido.

Sin saber “cómo se hace” en términos técnicos profundos, pero sí sabiendo que necesitaba transmitir, fuimos logrando el prototipo de la página deseada con el formulario embebido.

De Google Forms a React


Esto no demuestra que “ya no hace falta saber nada”. Si no tuviese todos los años y experiencia que tengo encima, es probable que hubiese abandonado en los primeros comandos que hubo que tirar al Powershell. Demuestra que hoy es posible construir cosas valiosas sabiendo lo suficiente y preguntando bien

Mis conocimientos previos fueron el suelo.
La IA fue el andamio.
El resultado: un prototipo funcional.

Esto abre una puerta enorme:

  • prototipar sin depender de equipos técnicos grandes

  • probar ideas antes de institucionalizarlas

  • diseñar experiencias con foco en las personas

  • y recuperar la sensación de “sí, esto lo puedo hacer”

Tal vez el verdadero cambio no sea técnico, sino cultural.

Tenemos que aprender a preguntar, partiendo de una base sólida de conocimientos sobre el tema.

GitHUB


domingo, 28 de diciembre de 2025

Vacaciones: opciones para la primera semana. ¿Playa, helado… o levantar un servidor de Minecraft?

Estamos en época de vacaciones y mi hija menor, de 19 años, decidió aprovechar el tiempo para armar un servidor de Minecraft con sus amigos.

No es solo “jugar”: crea plugins propios, diseña skins, prepara mundos completos. Hace meses que viene construyendo ese universo.

El problema apareció cuando el hosting donde pensaba subirlo se quedó sin disponibilidad.
El mundo estaba listo, pero no había dónde alojarlo. Y vino a verme preocupada.

En casa tenemos internet con IP móvil, lo que impide hostear un servidor propio desde una máquina local. Así que le propuse otra opción: contratar un cloud hosting, levantar un servidor virtual e instalar allí el servidor de Minecraft.

Aceptó. Y empezó otra historia.

Mundo Minecraft

Como ya utilizo DonWeb para el hosting de Geniateka, decidí contratar allí el Cloud server, con Ferozo (panel de control de hosting). Entramos en la consola. Para ella fue la primera vez frente a una pantalla negra con letras blancas, sin mouse, sin botones amigables, sin copiar y pegar.

Tuvo que entender qué era SSH, cómo conectarse por consola, qué significaban comandos básicos, permisos, carpetas, logs. Todo era nuevo y cada cosa llevaba muchos comandos, además de que teníamos que entender la interfase.

Durante las casi tres horas que nos llevó dejar todo operativo, varias veces quiso bajar los brazos.
En algún momento dijo -medio en serio, medio en broma-: “gracias a Dios existe Windows”.

Yo, mientras tanto, iba desempolvando saberes que tenía oxidados. Volví a pensar en servidores, permisos, configuraciones. También aprendí cosas nuevas: nunca había usado ese panel ni su lógica.

Y ahí estábamos las tres.

Mi hija menor, enfrentándose por primera vez a un entorno hostil, sin interfaz amigable.
Yo, recordando y reaprendiendo.
Y mi hija mayor, haciendo algo fundamental aunque a veces invisible: sosteniendo. Contactando amigos programadores, buscando soluciones alternativas, cocinando para que nadie se caiga de hambre (era más de medianoche). Que alguien haga la cena, en esas situaciones, no es un detalle menor.

Consola Linux Apache

A la una de la mañana, con cansancio acumulado y mucha satisfacción, el servidor estaba funcionando.
El mundo de Minecraft estaba arriba, con todo lo que ella había programado.

Terminamos felices. No solo por la misión cumplida, sino por todo lo que pasó en el medio:

  • lo que una aprendió,

  • lo que otra recordó,

  • lo que la tercera sostuvo,

  • el trabajo colaborativo real,

  • la frustración,

  • la perseverancia,

  • y también la ayuda externa, incluso de Ximena, el chatbot de DonWeb.

Cloud server DonWeb

Fue una de esas situaciones que no nacen como “clase”, pero enseñan más que muchas clases.
Se necesitó Mastercard para pagar el servidor, pero todo lo demás no tiene precio.




martes, 4 de noviembre de 2025

Probando Edulabs docentes (IA)

Sigo desde hace años un blog que me encanta: el blog de Gesvin.
(Gracias, Andrea Rocha, por haberme hablado de él hace ya un tiempo).
Siempre encuentro algo interesante para leer, y en las últimas semanas viene comentando con entusiasmo las propuestas de Edulabs.


La semana pasada entré al sitio.

Me abrumó un poco la cantidad de opciones (y mi poco tiempo para explorarlas). No es gratuito: al registrarte te da algunos créditos iniciales y luego te invita a suscribirte.

Hoy, el post hablaba de EduNarrador, una de las herramientas dentro de Edulabs.
Tenía tres minutos libres, y no pude resistirme a probarlo.
Este fue mi prompt:




Y este el resultado.

Lo interesante es que incluye:

  • Un resumen narrativo
  • Objetivos alcanzados
  • Preguntas para la discusión
  • Sugerencias de extensión o actividades prácticas

Como siempre que uso inteligencia artificial, me resulta muy útil para vencer la hoja en blanco. Me da el puntapié para crear una actividad o un texto interesante.
Pero, por sí misma, la herramienta deja un sabor incompleto.
La chispa sigue apareciendo cuando uno vuelve a poner su voz, su contexto y su intención pedagógica.

En este caso, siento que la devolución responde correctamente al pedido del tema de la narración: impresión 3D aplicada a accesibilidad. Como siempre, algo que le sale muy bien a la IA, la estructura narrativa (inicio, desarrollo, conclusión) es correcta, con personajes, conflicto y aprendizaje final. Es un acierto la incorporación de una guía para el docente, con objetivos, preguntas y actividades, lo cual lo hace útil pedagógicamente.

Sin embargo, la historia se aleja de ser interesante y apasionante (y menos gráfica o un guion para una historia ilustrada). El nivel de pensamiento crítico es bajo (las preguntas de discusión son correctas, pero previsibles). Las actividades de extensión son buenas, aunque genéricas. Dudo que sea atractiva para estudiantes de nivel universitario.

Tal vez ahí esté el desafío: no usar la IA para reemplazar la creación, sino para impulsar el pensamiento y mejorar la mirada crítica sobre lo que producimos.
La inteligencia artificial organiza; la pedagogía da sentido.
Y entre ambas, seguimos escribiendo -nosotros- las historias que vale la pena contar.